Hay un
editor hipotético que piensa que los derechos humanos ya no le interesan
a nadie. Y el tipo está entrenado para saber lo que le interesa a la
gente. No es sociólogo ni filósofo y tiene más calle que aula magna. No
hila finito, va a lo grueso. Con esa antena súper especializada define
categóricamente que los derechos humanos ya no le interesan a nadie.
Sabe que desde hace treinta años el tema está en el candelero
político, que no se ha terminado de saldar en la Justicia, que involucra
a decenas de miles de personas, que sensibiliza y moviliza a centenas
de miles. Sabe eso y además ni siquiera se le ocurre pensar que es como
un tumor negro que carcome a la sociedad cuando más se lo silencia. Pero
el planteo ético apenas asoma en ese horizonte ultrafocalizado.
El hombre está entrenado para saber lo que quiere la gente, pero no
es estúpido. Sabe que está a sueldo, que tiene relación de dependencia,
que sus empleadores también tienen sus desvelos. No se los imagina, se
los aprende. Porque el hombre sabe lo que le interesa a la gente, pero
también sabe lo que le interesa al que le paga el sueldo, a la empresa,
al multimedio, necesita saberlo para sobrevivir. Para eso tiene un
entrenamiento aún más fino, una mezcla de caja registradora y
computadora simultánea. Le funciona de manera inconsciente. En el mejor
de los casos saca un promedio, pero la mayoría de las veces se inclina
por la sobrevivencia.
Y "la gente" no es siempre la misma. Para cada editor es diferente.
El hombre dice la gente, por "toda" la gente, pero en realidad está
pensando sólo en la que le presta atención, a la que conoce porque
durante muchos años fue su interlocutora. Es muy distinto decir "la
gente" para un editor de Clarín, de La Nación, de Página/12 o de
Crónica, de radio o de televisión. "La gente" es mucha gente diferente.
Pero para cada editor "su" gente es "toda" la gente. Así hablan los
medios, porque además intentan transferir a esa porción la sensación de
totalidad. Es decir, que lo que ellos piensan es lo que piensan todos.
En fin, de todo ese entramado que se parece a la cocina de una
hamburguesería, le viene al editor esa frase de que los derechos humanos
no le interesan a nadie.
Desde hace veinte años esa frase está en boca de muchos editores. En
ese tiempo, los derechos humanos aparecieron esporádicamente en las
páginas interiores de los diarios y muy raramente en las pantallas de
televisión. Sin embargo, en la realidad los derechos humanos siguen
sensibilizando y movilizando a cientos y miles de personas. Se han
convertido en una presencia irritante. Su gravitación sobre la realidad
es tan importante que sólo después de veinte años se pudo anular la
legislación de impunidad para comenzar a juzgar a los viejos represores.
En todo ese tiempo, esa frase del editor hipotético sumó para el lado
de la impunidad. Esa frase, dicha a contrapelo de lo que su instinto le
estaba marcando, aportaba para detener la maquinaria de la Justicia,
porque la corporación mediática no quería que se hicieran los juicios.
Tanto fue así que la primera presión que recibió Néstor Kirchner poco
antes de asumir la presidencia fue del editor de La Nación, para que no
impulsara la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.
Hasta el propio Eduardo Duhalde, que le había abierto la puerta para
llegar a la Rosada, marcó su primera disidencia fuerte en ese punto. En
todos esos largos años, el único diario que mantuvo en las primeras
planas la lucha por los derechos humanos, que dio cuenta de las marchas,
de los reclamos, de los procesos ante la Justicia de otros países, fue
Página/12. Es tan fuerte la presión corporativa, que hubo gente que
pensaba así cuando escribía en Página/12 y dejó de hacerlo cuando cambió
de medio. Ahora piensan que los derechos humanos no le interesan a
nadie.
Y ahora menos que antes, porque desde una versión mediática "la
gente" identifica los derechos humanos con el Gobierno, con lo cual
resulta, según esa mirada, que no es que al Gobierno le interesan esos
derechos, sino que todos a los que les interesan esos derechos serían
oficialistas. Estar a favor de los derechos humanos tendría
connotaciones de un oficialismo satanizado, porque ser oficialista
implica corrupción. Nadie puede ser oficialista si no ha sido cooptado
por dinero. Entonces los organismos de derechos humanos han sido
comprados. Lo que no pudieron comprar los militares o los gobiernos de
la impunidad, que seguramente tenían ofertas más importantes (empezando
por sus vidas), lo han logrado mefistofélicamente los gobiernos
kirchneristas.
Por ejemplo, destacar la gran importancia de que en este momento se
estén celebrando los juicios contra los represores es hacerle el juego
al oficialismo. Después de tantísimo tiempo ya se produjeron condenas en
cinco juicios, otros ocho están en marcha y en breve comenzarán cinco
más. Para llegar a este punto se tuvieron que movilizar miles y miles de
personas durante treinta años y algunos fueron secuestrados y
asesinados en ese camino. Se debió recurrir a tribunales
internacionales, se creó una nueva legislación internacional, incluyendo
figuras penales como la del detenido-desaparecido y hasta nuevos
tribunales penales internacionales pese a la resistencia, en algunos
casos, de las grandes potencias. Las megatoneladas de energía liberada
para alcanzar la realización de estos juicios casi no tiene comparación
con ningún otro logro alcanzado en estos años de democracia.
La lucha por juicio y castigo constituye el relato épico más
importante de esta democracia. Y ha dado sus frutos aun antes de llegar a
esta recta final, porque en todos estos años también ha sido la mayor
obstrucción para cualquier tentación golpista. Pese a que la mayoría de
los que se llaman republicanos se han opuesto a estos juicios, no hay
mayor aporte a la institucionalidad de la República que su realización.
Ha habido elecciones y no hubo golpes, pero el hecho más republicano en
estos años han sido los juicios que se celebran ahora. También fue
importante el juicio a los ex comandantes durante el gobierno de Raúl
Alfonsín, aunque sus proyecciones posteriores fueron menguadas después
por el mismo mandatario y enterradas por Menem.
Pero hay otra forma con la que se puede convivir bien y trabajar con
el editor que dice que los derechos humanos ya no le interesan a nadie.
Y es decir que juzgar la violación de los derechos humanos del pasado
no molesta a nadie, porque hay que juzgar las del presente.
Que hay que juzgar las violaciones del presente resulta obvio. Lo
que no es tan claro es por qué se compara una cosa con la otra, a no ser
para convivir con los que no quieren que se juzgue nada.
Pero decir que la realización de estos juicios no molesta a nadie es
no tener en cuenta hechos tan claros como la desaparición de Julio
López en un intento criminal de atemorizar a los demás testigos y
plantar al Gobierno ante la primera víctima de los juicios que había
impulsado. No toma en cuenta la movilización de parte del sistema
político y de la cúpula de la Iglesia Católica detrás de una amnistía, o
la tremenda demora y los obstáculos que puso parte del aparato judicial
para comenzar las audiencias. No toman en cuenta las amenazas a los
testigos. No toman en cuenta la forma en que la reacción contra los
juicios trató de mimetizarse en el conflicto con las entidades rurales o
en algunas supuestas movilizaciones "espontáneas" de vecinos por la
inseguridad en el Gran Buenos Aires.
La fuerza que todavía mantiene una causa tan impopular se alimenta
con las raíces simbólicas del poder político y económico y del
predominio cultural. Al decir que no existe esa fuerza, se trata de
minimizar la importancia de los juicios. Y minimizarlos es lo mismo que
despreciar los sacrificios que debieron realizar miles de personas
durante tantos años.
Es imposible separar las violaciones de los derechos humanos entre
las que ocurrieron en el pasado y las que ocurren en el presente. Todas
son importantes y los gobiernos tienen el deber de esclarecerlas y
garantizar que se imparta justicia. En tanto se mantenga la impunidad,
son todas del presente. Solamente la realización de estos juicios pone
las cosas en su lugar en el tiempo. Pero para el famoso editor, un hecho
de tanta trascendencia histórica no le interesa a nadie.