Conmociones
Algo flota en el ambiente político-periodístico,
llamémosle. Es la sensación de que se acerca un quiebre. Lo cual en
verdad ya se produjo pero, todavía, con la ausencia del que claramente
es el detonante mayor. Definitivo. O eso parecería.
Por Eduardo Aliverti/ Página 12
Desde que estalló la guerra entre el Gobierno y Clarín-sucedáneos,
por vía del choque contra el movimiento campestre merced a la intrínseca
relación entre éste y las grandes corporaciones mediáticas, hubo los
episodios que la profundizaron. Sin mesetas. La estatización televisiva
del fútbol, la ley de medios audiovisuales, la injerencia oficial en
Papel Prensa. Y todo regado con abundancia por un clima de etapa (aún es
pronto para hablar de "época", como palabra merecedora de respeto
mayor), que permitió sumar medios y programas confrontadores de la
prensa hegemónica. Pero no desde un lugar de análisis
semiológico-elitista, que los hubo siempre junto a los muy escasos que
ejercían la "resistencia", sino a partir de topetazos directos. Ciertos
productos o comentarios podrán aparecer como radicalizados en extremo,
respecto de su bajada de línea oficialista; aunque tal vez no sea tanto
eso como el hecho de haber habilitado el marcaje, puntual, de los
negocios y operaciones que protagonizan los emporios de prensa. Y en
todo caso, no son más belicosos que la brutalidad discursiva de órganos y
colegas capaces de arroparse en la objetividad; así se trate de una
defensa, obscena, de sus/los intereses patronales. Lo cierto es que esa
frontalidad desenfadada atrajo la atención de considerables franjas
sociales, capaces de encontrar en ese ¿desparpajo? la posibilidad de no
sentirse tan marcianas políticamente. ¿Cómo se explica, si no, el acuse
de recibo de los tan ofendidos medios tradicionales? ¿Desde cuándo
reaccionan así, mentando acometidas totalitarias contra el periodismo?
Hasta ayer nomás, simplemente ignoraban a sus pocos críticos. Hoy,
semejan asustados. Digamos que con sentimientos muy culposos. Algo les
pasa porque algo novedoso ocurre.
Volvamos a aquello del detonante. Desde hace unas semanas, la
irritación mediática alcanzó niveles desconocidos con, tal vez, la única
salvedad de los picos cuando el debate por la ley de medios. Pero
entonces había ese vector de obviedad escandalosa. En cambio, lo que
viene sucediendo a partir de la interna del radicalismo bonaerense
-elevada a status de noticia casi excluyente- es impresionante. Los
movimientos de la oposición alcanzan una difusión descomedida. Nadie
pretende indiferencia. Al fin y al cabo, ya se vive la desembocadura
electoral de 2011. Empero, nadie tampoco debería creer que esa
amplificación es inocente; y mucho menos al quedar empalmada con la
sacudida que provocó el festejo masivo por el Bicentenario. Bien que a
enormes regañadientes, los medios y figuras opositores tomaron nota de
que algo no andaba bien en la "medición" de la realidad que esparcen o
perciben. En un primer momento, el único palenque al que ir a rascarse
fue el acrecentamiento de la imagen del hijo de Alfonsín y, de
inmediato, potenciar la foto de la derecha peronista unida. No fue
suficiente para fijar la agenda pública alrededor de esas construcciones
porque, entre otros motivos, lo impidió la propia dinámica de los egos
en esos espacios. Sobrevinieron el aval de los supremos a la ley de
medios y el levantamiento del corte en Gualeguaychú. El fallo
tribunalicio, como ya se comentó en esta columna, mostró una reacción
cautelosa de los grupos multimediáticos, contestes de que la atmósfera
pública y el prestigio de la Corte no daban para continuar descerrajando
bronca sin más ni más. Y la esperanza blanca de represión a los
asambleístas entrerrianos se frustró. Lo que quedaba para agitar provino
de una noticia inesperada, producto de esos arrebatos que el
kirchnerismo sirve en bandeja. Fue la renuncia de Taiana, auspiciosa
para el apetito opositor. Y con ella la reactivación del affaire real,
inventado o potenciado de los negocios con Venezuela.
Pero claro: una cosa es tomarse de algún episodio, enmarcado en las
zonas entre grises y oscuras que oferta el oficialismo; y otra el grado
de obsesión ya enfermiza con que los medios del grupo Clarín, en
particular, despliegan información en su torno como si, junto con los
avatares de la inseguridad urbana, fuesen virtualmente las únicas
noticias relevantes. Vale aclarar, vista la susceptibilidad existente,
que no estamos hablando de cuestionar el papel significativo que debe
ejercer el periodismo de investigación o denuncia, aun cuando provenga
de intereses políticos precisos. Todo gobierno democrático está obligado
a dar cuenta de sus actos y a responder por los ilícitos que se le
imputen, mientras emanen del rigor profesional. Y desde ya que las
acusaciones sobre el entramado con Caracas entrarían en esa misma bolsa.
El tema es lo evidente de que esa obcecación monotemática ya obedece a
una lógica de periodismo de combate, con el pequeño detalle de ser, en
consecuencia, idéntico método persecutorio que el endilgado al
oficialismo. Porque además, la agudización de este proceder se dio en
una semana que registró dos hechos de una notabilidad superior. Uno fue,
nada menos, la salida del default en que el país estaba sumergido desde
comienzos de siglo, y por la que tanto exigieron quienes ahora
despacharon la noticia a lejanos rincones. Y el otro reveló una
indiferencia más insólita que curiosa: la Cámara de Diputados dio media
sanción al proyecto que limita los superpoderes del Ejecutivo para
reasignar partidas de dinero extraordinarias. En buen romance, le
serruchó una parte sustantiva del manejo de la caja, aunque falta la
dudosa aprobación del Senado. Una muy alta fuente gubernamental, citada
por este diario, reveló que el caso Sadous no genera ninguna inquietud
si se lo compara con el impacto de esa decisión parlamentaria. La
paradoja es muy didáctica, porque el ensimismamiento periodístico
opositor con la presunta "embajada paralela" le impidió advertir que la
preocupación oficialista pasaba bien por otro lado. En otros términos,
la ceguera por zarandear al Gobierno cruza el límite de hacerles perder
de vista algunos elementos que podrían beneficiarlos mucho mejor.
Es imposible no relacionar estas desmesuras con la inminencia del
dictamen judicial que determinará si Marcela y Felipe Noble son hijos de
desaparecidos. Es llamativo que Clarín no haya desmentido que su
directora ya no está en el país. Lo es también que el mandamás del
grupo, Héctor Magnetto, haya puesto su firma, en la edición del viernes
pasado, para refutar los durísimos epítetos que le dispensó Kirchner. No
hay certeza absoluta sobre lo que establecerá la inspección genética. E
incluso, si se comprobara la falta de parentesco con secuestrados en la
dictadura, no variaría que las irregularidades en la adopción fueron
oprobiosas. Sí cambiaría el impacto. Pero por lo pronto y como sea, está
claro que hay gente muy nerviosa.
Y que ese es el contexto y la referencia específica, para
interpretar la conmocionante instancia que vive el periodismo argentino.
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